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El cambio climático está provocando efectos irreparables en nuestro ecosistema, siendo uno de los más significativos la extinción de algunas especies de animales. A simple vista, esto no parece que repercuta en nuestro día a día, pero la ausencia de cada una de las especies de este planeta perjudica de una forma u otra nuestro ecosistema. El ejemplo más claro ocurre con las abejas.

Si bien es cierto que es necesario controlar la excesiva población de algunos insectos y animales, como las ratas y las cucarachas, por el riesgo sanitario que conllevan y el impacto negativo que generan en nuestro entorno, las abejas son una población que no sólo hay que evitar erradicar, sino que hay que ayudar a que no se extingan, algo que en los últimos años con el aumento de las temperaturas en todo el planeta parece una misión muy complicada.

Cuando llega la primavera, las abejas son las encargadas de asegurar la polinización en las plantas. La labor que hacen favorece la reproducción de las plantas, asegurando su presencia todos los años. Si las abejas desaparecen, los científicos calculan que los humanos podemos sobrevivir hasta 4 años sin ellas; su desaparición supondría la desaparición de toda vegetación, acabando esencialmente con los cultivos y, progresivamente, con toda la cadena alimenticia que se sustenta en base a esta.

Las abejas están muriendo y distintas organizaciones medio ambientales ya se están moviendo para hacer algo al respecto. Por lo pronto no basta sólo con respetar sus colmenas, pues también es necesario tomar acciones contra el calentamiento global, de modo que el aumento de las temperaturas no las mate a un ritmo acelerado.