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El cambio climático está provocando efectos irreparables en nuestro ecosistema, siendo uno de los más significativos la extinción de algunas especies de animales. A simple vista, esto no parece que repercuta en nuestro día a día, pero la ausencia de cada una de las especies de este planeta perjudica de una forma u otra nuestro ecosistema. El ejemplo más claro ocurre con las abejas, quienes han sido declaradas el ser vivo más importante del Planeta tierra.

Si bien es cierto que es necesario controlar la excesiva población de algunos insectos y animales, como las ratas y las cucarachas, por el riesgo sanitario que conllevan y el impacto negativo que generan en nuestro entorno, las abejas son una población que no sólo no hay que erradicar, sino que hay que ayudar a que no se extingan, algo que en los últimos años con el aumento de las temperaturas en todo el planeta parece una misión muy complicada.

Cuando llega la primavera, las abejas son las encargadas de realizar la polinización, proceso por el que se reproducen las plantas. Las abejas aseguran que las distintas especies de árboles y flores sobrevivan ante los cambios de estaciones, asegurando la producción de oxígeno necesaria para nuestra existencia.

La desaparición de esta especie provocaría la extinción de la vegetación que nos rodea en muy poco tiempo. Los humanos cada vez tendríamos menos oxígeno limpio. También tendríamos menos recursos para alimentarnos, ya que no sólo perderíamos vegetales que comer, sino que la cadena alimenticia se atrofiaría al morir todas aquellas especies que se alimentan de la vegetación que tenemos incluida en nuestra dieta.

El principal enemigo de estos insectos es el calor. Las altas temperaturas las mata, lo cuál provoca que su existencia sea cada vez más dura con el aumento de temperatura en la tierra. Es un deber cuidarlas a ellas y, por consiguiente, el medio ambiente para evitar una desgracia; la ciencia estima que el ser humano tardaría 4 años en extinguirse.