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Las condiciones geográficas y climáticas de las islas hacen que Canarias haya sufrido, a lo largo de su historia, anécdotas poco agradables de recordar como terremotos o lluvias torrenciales. Una de estas tuvo un impacto histórico, pues aún hoy se recuerda la gran plaga de langostas que se vivió en octubre de 1958.

Las langostas provenían del continente africano y los vientos cálidos del sureste las trajeron en masa hasta nuestro archipiélago. Una vez aquí arrasaron con las plantaciones de papas, tomates e incluso plátanos de la isla de Tenerife y diversos municipios quedaron sumidos en el caos.

Las medidas para combatir este tipo de plagas en aquel entonces no tenían la eficacia de hoy en día, y los vecinos tuvieron que acudir a  diversos métodos para intentar espantar las plagas sin apenas resultados; hogueras de neumáticos o el ruido de latas y petardos no fueron suficientes. Tampoco los intentos del ministerio de agricultura, que intentaron solventar el problema fumigando con aviones los distintos puntos de la isla. Se llegaron a descargar kilos de camiones con bichos muertos, pero la plaga no cesaba.

El desenlace de casi un mes de agonías fue dado por un cambio en los vientos, que permitió que las plagas migraran y abandonaran el archipiélago. El evento tuvo un impacto nacional y fue recogido por los medios de la época como una ruina para el campo insular.